La prensa internacional que hoy cubre Panamá a través de Infobae América ha encontrado un ángulo que no es exactamente nuevo, pero que hoy se presenta con una nitidez incómoda: el del país que anuncia su propio éxito macroeconómico mientras las cifras sociales desmienten la solemnidad del parte oficial. El informe del Ministerio de Economía y Finanzas, reproducido sin grandes reparos por el medio, ofrece el retrato de una economía que crece al 4,9% entre enero y mayo, con una inflación del 1,3% y un aumento del 19,1% en los contratos de trabajo. Son números para celebrar en cualquier capital latinoamericana. Pero el mismo artículo, en su segunda mitad, se encarga de arruinar la fiesta con una precisión quirúrgica: la tasa de desempleo alcanzó el 10,4% en septiembre de 2025, la población desocupada suma 227.302 personas y la informalidad sigue ensanchando sus márgenes mientras el gobierno presume de estabilidad.
Ese contraste es el verdadero encuadre de la mirada extranjera de hoy. No se trata de un informe de corrupción ni de un choque institucional, sino de algo más estructural y menos fotogénico: la brecha entre la economía que mide el IMAE y la que padecen los 17.922 nuevos desempleados que se sumaron al registro en el último período. La prensa internacional, en este caso, no ha necesitado hacer grandes malabarismos narrativos: le ha bastado con yuxtaponer el lenguaje triunfalista del informe oficial y la advertencia de la Cámara de Comercio, Industrias y Agricultura de Panamá, que reclama "actuar con enfoque" frente a un desafío que define como urgente. El matiz nuevo, si se mira con atención, es que ya no son los periodistas quienes confrontan al gobierno con sus propias contradicciones; es el propio gremio empresarial el que introduce el matiz que el informe oficial prefiere omitir.
La ironía del asunto es que el artículo concede la palabra a las autoridades para explicar el crecimiento, pero reserva el cierre a los críticos de ese mismo crecimiento. El resultado es un Panamá que se mira en el espejo de las estadísticas y no se reconoce. Las mujeres, con 127.488 desocupadas frente a 99.814 hombres, dibujan un mapa laboral que ningún indicador agregado debería ocultar: el empleo no llega por igual y la vulnerabilidad tiene rostro femenino. El propio gremio lo advierte con una frase que debería inquietar a cualquier ministro de Economía: "el empleo no se genera en el vacío". Es un recordatorio de que los contratos aumentan, pero no lo suficiente; de que la logística, el comercio, el turismo y la construcción lideran la expansión, pero no arrastran consigo a los 227.302 que buscan trabajo sin encontrarlo.
Los otros titulares del día acompañan este desajuste con una discreta coherencia temática. El control de juguetes blandos por posible presencia de benceno, los derechos vulnerados de la niñez indígena según la Defensoría del Pueblo, la nueva obligación bancaria de informar con detalle las deudas y la oposición de Mulino a la Policía Municipal componen un mosaico donde la agenda internacional ya no busca la postal del Canal o la epopeya de los megaproyectos. Busca, más bien, las fisuras del Estado panameño: su capacidad de proteger a los niños, de regular el consumo, de transparentar las finanzas, de administrar la ciudad. La economía crece, sí, pero el país que crece no es el mismo que habita en los números.