Paraguay vuelve hoy a la página de la prensa extranjera por una vía que no es la macroeconomía ni el deporte ni la salud, sino la violencia machista. El titular de Infobae América es, en apariencia, una noticia de registro: 17 feminicidios en lo que va del año, 33 huérfanos, 25 tentativas, seis agresiones graves. Pero la forma en que está contada no es inocente.
Detrás de esos números hay un patrón que los medios internacionales repiten como un eco: Paraguay como un país donde la impunidad campea, donde las leyes existen solo en el papel y donde la sociedad mira hacia otro lado mientras las mujeres caen. No se trata de negar la crudeza de los hechos, sino de advertir cómo se construye un relato que simplifica una realidad compleja. La prensa extranjera suele omitir matices clave, como el avance —lento, pero real— de organizaciones locales que trabajan en la prevención o los obstáculos estructurales que enfrentan incluso los sistemas judiciales más comprometidos.
Es cierto que el Estado paraguayo ha fallado en garantizar protección a las víctimas, y que la fiscalía y las comisarías a menudo revictimizan a quienes denuncian. Pero reducir el problema a un "fracaso institucional" sin analizar las raíces culturales, económicas y políticas que lo sostienen es caer en una generalización que no ayuda a entender el problema ni a buscar soluciones. Paraguay no es un caso aislado en la región, pero sí uno donde la cobertura mediática internacional suele priorizar el morbo sobre el contexto.
La violencia machista es un problema global, pero en Paraguay se enmarca dentro de un discurso que lo presenta como un síntoma de un país estancado, donde el progreso es una ficción. Cuando la prensa extranjera elige destacar solo los casos más brutales sin explicar las causas profundas —la pobreza, la falta de educación sexual, la normalización de la desigualdad—, termina contribuyendo a una imagen distorsionada que perjudica más que ayuda.