Hay algo casi litúrgico en la imagen que ofrece hoy El País América de Perú: un museo atestado de visitantes espontáneos, una mujer que llora frente a un panel que exhibe el número de muertos y desaparecidos, una abogada que guía a un grupo que se cuadruplica a medida que avanza el recorrido. La prensa extranjera ha encontrado en el Lugar de la Memoria el símbolo perfecto para narrar el regreso del fujimorismo al poder. Y lo hace con una imagen que no requiere de grandes interpretaciones: desde el 28 de julio, cuando Keiko Fujimori juró como presidenta, los limeños hacen cola para entrar a un museo que muchos temen que cierre. Las colas, más que museo, parecen una respuesta ciudadana, un gesto que el medio retrata como resistencia silenciosa.
El encuadre es claro y deliberado. El artículo subraya que Fujimori no pronunció la palabra memoria en su discurso de toma de mando, y lo contrasta con la escena de la señora Daida Pérez Cerda, hija de un juez de paz asesinado por militares en 1994, que se seca los ojos mientras recuerda que su padre fue presentado como terrorista después de muerto. La crónica traza el hilo narrativo de un país que se debate entre la negación oficial del pasado y la necesidad ciudadana de no olvidarlo. Es un relato potente y, por momentos, conmovedor. Pero conviene preguntarse qué deja fuera esa mirada.
Lo más interesante del artículo, quizás sin que el propio medio lo pretenda, es la evidencia de que el LUM no es el espacio demiurgo que la derecha peruana ha descrito durante años. El País América se toma el trabajo de recorrer sus tres pisos y encuentra un panel que reconoce el papel del Estado en la derrota de Sendero Luminoso y el MRTA, una sala dedicada a la captura de Abimael Guzmán y otra a la operación Chavín de Huántar. El museo, en su narrativa interna, es más complejo que el cliché de la "exaltación terrorista" que alimenta las redes sociales. El periódico lo anota casi como una verificación factual, pero esa complejidad desmiente también la comodidad de su propio marco: si el museo es solo un monumento a la culpa militar, la historia se cuenta mal; si el museo es solo un refugio de la izquierda, la historia se cuenta peor. Perú no es un país dividido en dos mitades irreconciliables, sino en capas superpuestas donde la memoria, como la justicia, sigue siendo un territorio en disputa.