La prensa internacional, ayer obsesionada con el balance humano y material del terremoto en el Chocó, hoy ha añadido una capa de conflicto político que, sin embargo, no termina de cuajar como narrativa central. Los titulares siguen anclados en la emergencia: cerca de trescientos muertos, más de cien desaparecidos, San José del Palmar como símbolo de una destrucción que aún no encuentra consuelo. Pero incluso en esa aparente continuidad, hay un giro sutil: la controversia no surge del desastre en sí, sino de la reacción institucional. El recién nombrado ministro de Vivienda, Jaime Beltrán, se ha convertido en el chivo expiatorio perfecto para una prensa que, tras el shock inicial, necesita un rostro visible sobre el que descargar la frustración. Que el funcionario estuviera descansando en la playa mientras el país se desmoronaba no es, en esencia, noticia nueva —la imagen de los poderosos ausentes ante el sufrimiento ajeno es un clásico—, pero sí lo es que esa ausencia se haya convertido en el único tema de debate político que trasciende la tragedia. La tierra tembló, la tierra sigue temblando, pero ahora también tiembla la credibilidad de un Gobierno que, en menos de una semana, ha pasado de ser salvador a sospechoso.
Lo llamativo es que la prensa extranjera no profundiza en por qué ese descanso —si es que lo hubo— se ha convertido en escándalo. No hay interrogatorios sobre protocolos de emergencia ni análisis sobre la cadena de mando en situaciones de crisis. El ministro es culpable por defecto, como si su sola presencia en un lugar público durante una catástrofe fuera, per se, una afrenta. Quizá porque, en el fondo, el terremoto ha revelado algo más incómodo que la ineptitud: la fragilidad de un Estado que, a pesar de los años de crecimiento económico y de la imagen de estabilidad que proyecta al exterior, sigue siendo un gigante con pies de barro. Los números son abrumadores —casi trescientos muertos en un país que suele venderse como próspero—, pero la atención se desvía hacia un detalle doméstico: el descanso de un ministro. Es como si la prensa internacional prefiriera discutir la moral de los funcionarios antes que la capacidad del sistema para responder a una crisis de esta magnitud.
Mientras tanto, Shakira llega a Quibdó. Su presencia, anunciada en un titular que mezcla lo humano con lo mediático, es un recordatorio de que, incluso en la tragedia, Colombia sigue siendo un país que se consume como espectáculo. No es un reproche: es la constatación de que la mirada extranjera necesita dosis de celebridad para humanizar el dolor. El terremoto, que ayer era una noticia geográfica —el epicentro, la magnitud, las réplicas—, hoy se ha convertido en una historia de duelo colectivo, pero también en una oportunidad para que la prensa extranjera explore, aunque sea de pasada, los límites de la gestión pública. Que lo haga desde la superficie no es casualidad: cuando un país se tambalea, lo más fácil es señalar con el dedo antes que preguntarse por qué el suelo se mueve bajo sus pies.