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🇵🇾 Paraguaymiércoles, 19 de agosto de 2026

La mirada extranjera sobre Paraguay suele oscilar entre dos extremos: el de un país que, contra todo pronóstico, crece mientras el resto de la región se desmorona, o el de un territorio atrapado en la precariedad, donde los avances macroeconómicos no logran traducirse en mejoras tangibles para su población. Hoy, sin embargo, el encuadre internacional elige un tercer camino, menos optimista pero más revelador: no celebra el PIB o los récords de soja, sino que se detiene en lo que el sistema paraguayo sistemáticamente omite. Y lo hace a través de un fotolibro digital, *Mandu’a trans*, que no es un simple registro estético, sino un acto de resistencia política.

El País América, en su newsletter Americanas, no se conforma con presentar el libro como un proyecto cultural más, sino que lo enmarca como un testimonio necesario en un país donde la memoria de las personas trans ha sido borrada por la historia oficial. Las 45 fotos seleccionadas para la versión digital —y las 500 aún por digitalizar— no son simples retratos; son pruebas de existencia en un territorio donde el Estado niega el reconocimiento legal a una comunidad que, paradójicamente, lleva décadas sosteniendo su propia narrativa. La expectativa de vida de las personas trans en Paraguay, según datos citados en el artículo, ronda los 35 años, una cifra que contrasta con la longevidad de Fabiola González, una de las primeras Miss Pantera en los años 90 y hoy una de las pocas mujeres trans paraguayas que superan los 50. Su presencia, junto a la de Liz Paola, Leticia o Florencia, no es un dato anecdótico: es un desafío directo a la idea de que Paraguay es un país donde el pasado se diluye sin dejar huella.

Lo más revelador del texto, sin embargo, no es la nostalgia que suscita ver a estas mujeres en imágenes de juventud, sino la crudeza con la que expone las contradicciones de un Estado que, al mismo tiempo que ignora sus derechos más básicos —como la ley de identidad de género o una legislación contra la discriminación—, depende de su visibilidad en espacios como la noche para mantener una ficción de normalidad. La fiesta, ese refugio donde "todo está permitido", se convierte en el único lugar donde Fabiola o Grange pueden interactuar con otros sin el peso de las miradas inquisidoras. Pero incluso allí, el Estado falla: no hay registros públicos de los crímenes de odio contra personas trans —solo los colectivos los documentan—, y aunque en 2019 se logró la primera condena por un crimen de odio, los 70 asesinatos registrados desde 1989 siguen impunes en su mayoría.

El artículo de El País América no cae en el sensacionalismo, pero tampoco en el consuelo fácil. Cuando las autoras del libro declaran que su publicación "no es un consuelo, sino una advertencia", están señalando algo que la prensa internacional rara vez capta: Paraguay no es un país donde el drama se vive en silencio, sino uno donde el drama se vive *a pesar* del silencio impuesto. Las fotos de *Mandu’a trans* no invitan a la melancolía, sino a la acción. Y eso, en un país donde los avances legales avanzan a ritmo de décadas, es un acto de subversión en sí mismo.

La prensa extranjera suele llegar a Paraguay con una agenda predefinida: ya sea para celebrar su solidez económica o para lamentar su atraso social. Hoy, sin embargo, el encuadre se rompe. No se trata de un dato macroeconómico ni de un récord deportivo, sino de una comunidad que, en lugar de esperar a que el Estado reconozca su existencia, se ha organizado para preservar su propia historia. Y en eso, Paraguay no es excepcional: es un espejo de lo que ocurre en toda América Latina. Pero el mérito de *Mandu’a trans* es mostrar que, en este país, la memoria no se construye desde las instituciones, sino desde las grietas. Y esas grietas, como bien saben Fabiola, Lucero o Grange, son el único lugar donde la luz entra sin permiso.

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