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🇨🇷 Costa Ricaviernes, 9 de octubre de 2026

La prensa internacional cubre hoy a Costa Rica con una sola noticia de fondo y un eco económico menor. Infobae América informa que la Asamblea Legislativa aprobó en primer debate, con 31 votos a favor y 19 en contra, el proyecto de ley que introduce en el Código de Trabajo la jornada excepcional ampliada de hasta 12 horas diarias bajo el esquema 4x3. El texto, tramitado como expediente 24.290, no es ley todavía: deberá superar nuevas etapas y, como anticipa el propio titular, enfrentará una batalla ante la Sala Constitucional. La noticia es genuinamente nueva y merece el espacio que se le da. Lo que interesa aquí es otra cosa: cómo la cuenta la prensa de afuera.

El encuadre dominante es el de la anomalía. Costa Rica, el país que la prensa extranjera suele presentar como la excepción laboral y democrática de Centroamérica, aparece ahora aprobando una reforma que suscita "profundas divisiones políticas, empresariales y sociales". El medio construye la historia con el vocabulario del conflicto: victoria del oficialismo, respaldo de treinta diputados del Partido Pueblo Soberano más una legisladora del PUSC, oposición cerrada del PLN, el Frente Amplio y la Coalición Agenda Ciudadana. La noticia se lee como un pulso político antes que como un debate técnico sobre organización del trabajo. Esa es la primera distorsión de la mirada externa: reducir una reforma laboral compleja a un marcador de fuerzas partidarias.

El detalle, sin embargo, está en el texto y la prensa extranjera lo recoge con más cuidado de lo que suele reconocérsele. La reforma no sustituye la jornada ordinaria de ocho horas. Se limita al sector privado, excluye expresamente al sector público, a la agricultura, a la construcción y a los trabajos pesados, peligrosos o insalubres, y prohíbe su aplicación a menores de edad, mujeres embarazadas y trabajadoras en período de lactancia. Las jornadas diurnas y mixtas podrían llegar a 48 horas semanales en cuatro días consecutivos con tres de descanso; las nocturnas, a 36 horas en tres días con cuatro de descanso. El piso de remuneración incluye un 17% adicional sobre el salario mínimo horario en jornadas diurnas y mixtas, y un 25,5% en las nocturnas, más 90 minutos diarios remunerados para alimentación y descanso. Nada de esto convierte la reforma en inocua, pero sí desmiente la lectura fácil de una jornada esclavista. La prensa extranjera lo apunta, aunque el titular se queda con las doce horas.

El punto verdaderamente nuevo del día, y el que la cobertura de afuera subraya con acierto, es la discusión sobre los días libres. El proyecto contempla la posibilidad de trabajar, de manera excepcional y voluntaria, durante alguno de los tres días de descanso, con un recargo del 50% y sin exceder 12 horas adicionales por semana, con un descanso absoluto mínimo de 24 horas que no puede utilizarse para ese trabajo adicional. El diputado oficialista Gerald Bogantes sostiene que las 12 horas de la jornada excepcional pasarían a formar parte del horario ordinario de ese régimen y no generarían automáticamente el mismo pago extraordinario que bajo una jornada convencional, aunque niega que desaparezca por completo el reconocimiento de horas extra. El opositor José María Villalta cuestiona que esa posibilidad debilite la promesa de tres días completos de descanso. La prensa extranjera recoge ambas voces, pero el titular elige la cifra, no el matiz. Doce horas vende; la clasificación de las horas trabajadas, no.

Hay un segundo titular de Infobae América sobre los factores que podrían elevar el dólar frente al colón. Es contexto económico, no noticia de fondo, y la prensa internacional lo trata como tal. El contraste con la cobertura laboral es revelador: cuando Costa Rica aparece por su tipo de cambio, la mirada externa se vuelve técnica y mesurada; cuando aparece por su legislación laboral, se vuelve dramática. El país interesa como caso, no como proceso.

Lo que la prensa extranjera omite hoy es la pregunta de fondo: por qué Costa Rica, con una tasa de desempleo que no cede y una inversión extranjera que crece en zonas francas pero pierde empleos en multinacionales que se van, decide flexibilizar la jornada precisamente en los sectores que el texto enumera: manufactura tecnificada de operación continua, dispositivos médicos, servicios corporativos ininterrumpidos. El oficialismo argumenta que la reforma atraerá inversiones y generará oportunidades. La oposición advierte que extenderá las jornadas sin garantías suficientes. Ambos tienen razón en algo, y la prensa de afuera lo sabe, pero prefiere el titular de las doce horas a la pregunta incómoda: si el país que se vendió como excepción social necesita ahora jornadas excepcionales para seguir siendo competitivo, la excepción era menos sólida de lo que la propia prensa extranjera contó durante tres décadas.

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