La noticia que la prensa extranjera elige contar hoy sobre Costa Rica vuelve al terreno donde se siente cómoda: el operativo espectacular. Infobae América informa de 1.275 funcionarios judiciales movilizados, 80 allanamientos simultáneos, 31 detenidos y dos agentes del OIJ heridos de bala durante un enfrentamiento en Liverpool de Limón. La operación, bautizada con los nombres de Portus y Conexión, apunta a una estructura acusada de robar contenedores, sustraer combustible, traficar drogas, matar y lavar capitales. Hay cifras que impresionan: 11 asaltos a carga con pérdidas de USD 1,5 millones, 654.000 litros de combustible extraídos ilegalmente de la red de Recope por un valor cercano a USD 870 mil, dos homicidios en investigación, un fusil AR-15 decomisado, alias pintorescos —“Chon”, “Salchichón”— y una geografía del delito que va de Limón a Heredia, de Puntarenas a Upala.
El despliegue es real y la noticia es legítima. Lo que interesa aquí es el marco. La prensa de afuera cuenta a Costa Rica, otra vez, como un país que ha dejado de ser excepción. El relato tiene una estructura reconocible: un Estado que responde con fuerza, una criminalidad que se ha vuelto compleja, una provincia caribeña convertida en símbolo del deterioro. Limón aparece como el epicentro de todo: allí operaba la organización, allí se produjo el tiroteo, allí fue capturado el presunto cabecilla. La narrativa sugiere que el crimen organizado ya no es un problema de tránsito sino de arraigo. Y esa es, quizá, la única novedad conceptual del día: la idea de que Costa Rica no solo soporta el narcotráfico, lo produce.
El texto de Infobae ofrece, sin proponérselo, un retrato más incómodo que el de la simple crónica policial. La estructura desarticulada no era un cartel improvisado: tenía división de tareas, logística, almacenamiento, transporte, comercialización. Operaba desde 2024, según la investigación. Combinaba el robo de mercancías —atún, mariscos, artículos de limpieza— con la sustracción de combustible y el narcotráfico. Es decir, una economía criminal diversificada, integrada a la economía formal por la vía del mercado de productos robados. Eso no es una anécdota de sucesos: es una descripción del funcionamiento del país que la prensa extranjera rara vez se detiene a analizar.
Lo que el encuadre omite es igualmente revelador. No hay contexto sobre por qué Limón concentra esta actividad. No hay mención a la pobreza de la provincia, a su historia de abandono estatal, a la relación entre la economía portuaria y las redes ilícitas que la parasitan. No hay pregunta sobre cómo una organización pudo operar durante años con tomas clandestinas en el sistema de Recope sin que se detectaran antes. No hay reflexión sobre el hecho de que dos agentes heridos de bala en un allanamiento es un indicador de que el crimen organizado ya no solo soborna: también dispara. La noticia se queda en el operativo, en la cifra de detenidos, en los alias. Es el marco que la prensa internacional aplica a Costa Rica desde hace meses: el de un país que se cae del pedestal, contado a través de sus golpes policiales.
Hay un detalle que el artículo menciona al pasar y que merecería más atención: la operación incluyó intervenciones en Escazú, uno de los cantones más ricos del país. El crimen organizado no solo opera en Limón. También llega a donde está el dinero. Eso sugiere que la estructura desarticulada no era un fenómeno periférico sino una red con ramificaciones en el corazón económico del país. La prensa extranjera lo consigna sin subrayarlo, como si fuera un dato menor. No lo es. Es, quizá, la información más relevante del día: que la criminalidad organizada en Costa Rica ya no se explica solo por la geografía del abandono, sino también por la geografía del beneficio.
El editorial de hoy no puede celebrar el operativo ni condenarlo. Puede, en cambio, señalar lo que el encuadre deja fuera. Costa Rica aparece en la prensa internacional como un país que libra una batalla contra el crimen organizado. La pregunta que no se hace es qué pasó para que esa batalla fuera necesaria. Y esa omisión no es un defecto del periodismo extranjero: es su manera de contar la región. El operativo de Limón es, para Infobae, una noticia de sucesos. Para Costa Rica, es la constatación de que el país que durante décadas se contó como la excepción centroamericana ha entrado, con todo, en la norma. La prensa de afuera lo registra. No lo explica. Y en esa distancia entre el registro y la explicación se juega, hoy, la imagen del país.