Hay días en que la prensa extranjera mira a Honduras y no encuentra nada que contar, salvo el clima. Hoy es uno de esos días: un único titular, cortesía de Infobae América, informa que el país mantiene alerta amarilla en el Distrito Central y en el municipio de Alianza, en Valle, y alerta verde en Santa Bárbara, Copán, sectores de Choluteca y la ciudad de San Pedro Sula, ante el riesgo de inundaciones, deslizamientos y crecidas de ríos durante las próximas 48 horas. La medida, adoptada por la Secretaría de Gestión de Riesgos y Contingencias Nacionales, entró en vigencia a las 6:00 p. m. del sábado y tiene una duración prevista de dos días. El texto enumera comunidades con una minucia casi notarial —Muruhuaca, La Ceiba, Sonora, El Borbollón, San Jesús, Capulín, Playa Grande, Conchal, Ojustal, Playitas, Calicanto, Laguna Seca, Naranjo, Valle Nuevo y Guatales, en Alianza; Los Llanitos, Los Mangles, El Palenque, El Anillo, Fantasioso, La Pedrosa, La Chaperna y El Carrizo, en Choluteca— y reproduce con fidelidad el manual de recomendaciones de Copeco: no cruzar ríos ni quebradas crecidas, despejar desagües, vigilar grietas en el terreno, atender los canales oficiales.
No hay nada que objetar a ese texto. Es un servicio público, escrito con la sobriedad que el género exige, y sería mezquino reprocharle a un medio que informe sobre un riesgo real para comunidades reales. Pero conviene decir con franqueza lo que el titular revela cuando se lo lee como lo que es: la única ventana que la prensa internacional abrió hoy sobre Honduras es meteorológica. El país aparece, una vez más, como geografía vulnerable y nada más. Lluvia, alerta, precaución. La nación entera reducida a un mapa de colores y a una lista de barrios que podrían anegarse.
Hay una lógica en esa elección que no es casual. La emergencia climática es un marco cómodo: no exige contexto político, no obliga a explicar causas, no compromete a nadie. Se puede informar sobre una alerta amarilla sin mencionar por qué tantas comunidades siguen siendo vulnerables a la primera crecida, sin preguntar qué pasó con las obras de mitigación prometidas, sin señalar que la vulnerabilidad no es un accidente meteorológico sino una condición acumulada. El parte de Copeco, tal como lo reproduce Infobae, es impecable en su función preventiva y mudo en su función explicativa. Las lluvias caen sobre un país que el texto describe únicamente por su exposición al riesgo, nunca por su capacidad de respuesta más allá de la alerta.
Es cierto que el material disponible no da para más. Un solo artículo, y ese artículo es un boletín. La prensa extranjera que cubre Honduras tiene días de gran titular policial, días de balance vial y días de homicidio con liturgia completa; hoy tiene un aviso de lluvia. El panorama, en términos de agenda, apenas se ha movido: el país sigue entrando en las páginas internacionales por la puerta de la contingencia, sea delictiva, vial o climática. La diferencia de hoy es que la contingencia no tiene culpables ni víctimas identificables, solo comunidades en riesgo y una institucionalidad que recomienda precaución. Es, paradójicamente, la cobertura más amable que Honduras puede recibir: la que no le atribuye nada, ni siquiera sus problemas.
Vale la pena detenerse en ese matiz porque es el único genuinamente nuevo. Cuando el encuadre es la inseguridad, Honduras aparece como país violento; cuando es el tránsito, como país indisciplinado; cuando es la emergencia climática, como país frágil. Ninguno de esos marcos es falso, pero todos comparten un mismo rasgo: describen a Honduras por lo que le ocurre, no por lo que hace. El texto de Infobae menciona a Copeco, a las autoridades, a los organismos de emergencia, pero solo en su función de advertir y recomendar. No hay una sola línea sobre gestión, sobre prevención estructural, sobre lo que el Estado hondureño hace o deja de hacer entre una alerta y la siguiente. La lluvia, al final, es lo único que el país parece capaz de producir por sí mismo.
No se trata de exigirle a un boletín meteorológico un tratado de desarrollo. Se trata de notar que, en la economía global de la atención, Honduras solo existe cuando algo la amenaza desde afuera: el crimen, el accidente, el aguacero. Hoy le tocó el aguacero, y el aguacero, a diferencia del crimen, no admite interpretaciones moralizantes ni relatos de redención. Solo cabe esperar que las 48 horas pasen sin incidentes, que las comunidades enumeradas con tanta precisión no tengan que ser contadas mañana en otro parte, esta vez de daños. Y tomar nota de que, mientras tanto, el país sigue esperando una cobertura que alguna vez lo mire cuando no está lloviendo.