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🇨🇴 Colombiamiércoles, 14 de octubre de 2026

El informe que el Guardian publica hoy tras cuatro meses de investigación no es, en rigor, una noticia sobre Colombia. Es una radiografía de Europa, y Colombia aparece en ella como proveedora de uno de los ingredientes. Vale la pena detenerse en esa asimetría, porque define cómo se está contando el fenómeno: el titular habla de "el crimen organizado latinoamericano" y de su posible presencia en dieciséis países europeos, y el cuerpo del texto reparte responsabilidades entre carteles mexicanos, brasileños, ecuatorianos, venezolanos, salvadoreños y colombianos, pero la única cifra que ancla el relato en un territorio concreto es esta: en Colombia se produce hoy más cocaína que en la época de Pablo Escobar. El país entra al artículo como origen de la mercancía, no como sujeto de la historia. Es un lugar común de la mirada europea y conviene nombrarlo sin aspavientos: cuando el consumo crece y las incautaciones se multiplican, el foco se desplaza hacia las redes que tocan suelo europeo y el productor queda en el fondo del encuadre, como paisaje.

El dato que sostiene la investigación es contundente: las incautaciones de cocaína en Europa aumentaron un 471 por ciento entre 2014 y 2024, y el informe anual de Europol de este año identifica 149 redes criminales de máximo riesgo vinculadas a organizaciones latinoamericanas, de las cuales 67 tienen miembros latinoamericanos y 22 están compuestas principalmente por ellos. Entre los grupos identificados figuran el Clan del Golfo, el ELN y facciones disidentes de las Farc, junto al Sinaloa, el CJNG, el PCC, el Comando Vermelho y el Tren de Aragua. La lista es un catálogo del crimen organizado hemisférico, y su lectura sugiere algo que el artículo dice de pasada pero que merece subrayarse: lo que ha cambiado no es la existencia de estas organizaciones, sino su movilidad. Daniel Brombacher, del Global Initiative Against Transnational Organized Crime, lo formula con precisión: hay presencia latinoamericana en geografías donde no existía infraestructura previa. Laboratorios de metanfetamina operados por mexicanos en el sur de Francia, el noreste de Polonia y Brandeburgo, al sur de Berlín. Grupos latinoamericanos en Rumanía y Bulgaria, sobre la ruta de los Balcanes. El mapa se corrió.

Hay, sin embargo, un matiz que el texto del Guardian maneja con honestidad y que la prensa regional suele pasar por alto: la distinción entre presencia física y joint venture. El propio informe advierte que las cifras incluyen solo grupos identificados oficialmente en Europa mediante operaciones policiales y causas judiciales en curso, y deja fuera a las bandas que operan sin pisar el continente, asociadas con mafias locales. El académico mexicano Víctor Manuel Sánchez Valdés lo dice sin rodeos: cuando se afirma que el Sinaloa o el CJNG tienen presencia en más de veinte países europeos, eso no significa que dominen o tengan células grandes, sino que actúan como emisarios comerciales. La diferencia importa. Una cosa es una red que se instala y otra muy distinta un intermediario que negocia. El titular, por su naturaleza, borra esa gradación.

Lo que el artículo no dice también configura el encuadre. No hay, en todo el texto, una sola mención a la política antidroga colombiana, a los acuerdos de paz, a la sustitución de cultivos ni a la relación entre el Estado colombiano y Washington en materia de erradicación. El país aparece como una geografía de producción, no como un actor con política pública. Es cierto que el artículo no pretende ser un análisis de Colombia, y sería injusto exigirle lo que no se propone. Pero el efecto acumulado de este tipo de coberturas es una imagen parcial: Colombia como manantial, Europa como víctima, y el vínculo entre ambas como un problema de orden público europeo. La discusión sobre por qué la producción colombiana alcanzó niveles superiores a los de la era Escobar, y qué ha fallado en tres décadas de estrategia compartida, queda fuera del marco.

En la misma jornada, la prensa extranjera dedica titulares a una poeta colombiana que gana un premio en Granada, a un naufragio milmillonario y a un sismólogo japonés. Ninguno de esos temas compite con el del Guardian, que es el único que habla de Colombia como problema global. Es una coincidencia reveladora: el país entra en la conversación internacional por la poesía cuando hay una poeta premiada, y por la cocaína cuando hay un mercado que crece. La diferencia es que lo primero se lee como cultura y lo segundo como amenaza. El editorial de hoy no puede sino señalar esa mecánica: mientras Europa descubre que las redes latinoamericanas se han instalado en su territorio, Colombia sigue apareciendo en el relato como el lugar de donde sale la droga, no como el lugar donde se libra, con resultados discutibles y costos enormes, una guerra que lleva medio siglo. El Guardian hizo bien su trabajo. El encuadre, sin embargo, sigue siendo el de siempre.

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