La prensa extranjera que cubre Panamá ha decidido hoy mirar el terremoto con los ojos de la geología, y el resultado es un texto que parece escrito para otra clase de lector. Infobae América dedica su despacho principal a la ruptura de falla que, según un análisis del Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá, se estima en 73.63 kilómetros de longitud y 1,422.10 kilómetros cuadrados de superficie. El dato tiene la virtud de la precisión y el defecto de la abstracción: se trata de una estimación obtenida mediante las relaciones empíricas de Wells y Coppersmith, fórmulas de 1994 que calculan las dimensiones de una ruptura a partir de las características del sismo, no de una grieta medida con cinta sobre el terreno. El propio artículo se encarga de aclararlo, con una honestidad que conviene reconocer: los 73 kilómetros no significan que exista una fractura continua atravesando la península de Azuero.
Esa advertencia, sin embargo, llega después de un titular que invita justamente a lo contrario. El lector que solo lee el encabezado se queda con la imagen de una herida de 73 kilómetros abierta en el istmo, cuando lo que el estudio describe es una zona de desplazamiento subterráneo, orientada según ciertas estructuras geológicas, en una región donde interactúan las formaciones Playa Venado y Tonosí. La primera, con rocas volcánicas; la segunda, con lutitas y areniscas. Es geología de manual, presentada con la solemnidad de un parte oficial, y no carece de interés: por primera vez desde el 9 de octubre, la prensa extranjera no cuenta lo que el sismo destruyó, sino lo que el sismo fue. El epicentro en la zona de contacto entre ambas formaciones, las réplicas distribuidas a lo largo de una franja, el evento principal a las 12:56 de la tarde, la magnitud de 7.3 según el mapa del Instituto frente a las estimaciones divergentes de otros organismos internacionales: todo eso compone un retrato técnico que desplaza a un segundo plano, o a un párrafo final, a las 1,744 viviendas afectadas, los 656 centros educativos dañados, las 598 personas en 14 albergues y las 38,000 que, según Unicef, podrían necesitar asistencia humanitaria, entre ellas 8,300 niños y adolescentes.
No es un desplazamiento gratuito. La cobertura del desastre ha ido migrando, día a día, desde las personas hacia las estructuras y desde las estructuras hacia las placas tectónicas. Es una progresión lógica, casi inevitable, y también una forma de tomar distancia: cuando el drama humano se agota en la repetición de las cifras, el periodismo busca el ángulo que le devuelva la novedad, y hoy ese ángulo está bajo tierra. La comparación con los sismos de Burica en 1934 y Darién en 1974, que el artículo incluye para situar la magnitud del evento, cumple esa misma función: insertar el terremoto en una serie histórica, convertirlo en un capítulo de algo más largo, restarle excepcionalidad.
Los otros dos titulares del día, ambos también de Infobae América, completan el cuadro con una lógica distinta pero complementaria. Una influencer panameña financia ayuda humanitaria para las familias afectadas; una delegación de ingenieros venezolanos llega al país para asistir tras el terremoto. Son notas de solidaridad, de esas que suelen acompañar a los desastres una vez que la fase heroica de los primeros días ha cedido. No aportan datos nuevos sobre la emergencia ni sobre sus causas; aportan, en cambio, una narrativa de respuesta, de comunidad internacional y de iniciativa privada que funciona como contrapeso emocional al tecnicismo del despacho principal. El conjunto deja una impresión curiosa: la prensa extranjera ya no pregunta cuántos quedan sin casa, sino cuánto midió la falla y quién está ayudando a reconstruir. Son preguntas legítimas, pero no son las mismas preguntas, y conviene notar el cambio de interlocutor. Panamá, en esta jornada informativa, aparece menos como un país en emergencia que como un objeto de estudio geológico con una red de solidaridad en marcha.