La prensa extranjera regresa hoy a El Salvador, pero no para hablar de El Salvador. El caso de Reyna Angélica Marroquín, la joven salvadoreña encontrada momificada en un barril treinta años después de su muerte, es presentado por Infobae América como un episodio del drama criminal estadounidense, no como un espejo de la realidad salvadoreña contemporánea. Y en esa elección narrativa reside el verdadero encuadre del día.
El crimen ocurrió en 1969, fue descubierto en 1999, y la noticia resurge ahora, tres décadas después del hallazgo. No hay conexión temporal con El Salvador actual. La víctima emigró, trabajó en Nueva York, fue asesinada por un empresario estadounidense en suelo estadounidense. El único vínculo salvadoreño que la narrativa retiene es la nacionalidad de la víctima y, de manera casi anecdótica, el sueño premonitorio de su madre en El Salvador, un detalle que Infobea subraya como elemento "casi sobrenatural" de la historia. El país de origen de Reyna funciona aquí como decorado exótico, como el lugar que explica su vulnerabilidad, su condición de inmigrante trabajadora que conoce a un empresario poderoso en una fábrica de Manhattan.
Lo notable es que la prensa extranjera, al revivir este caso, no lo usa para examinar la violencia salvadoreña, los desaparecidos del conflicto armado, o los crímenes sin resolver que persisten en el país. No hay un movimiento de análisis que diga: "mientras El Salvador lucha contra sus propios misterios criminales sin cerrar". En cambio, la historia se presenta como un fenómeno de la justicia estadounidense, un caso que "estremeció a EE.UU. en los noventa", que fue dramatizado en series de televisión norteamericanas, que mantiene vivo "el interés público y el debate sobre la justicia" en contexto estadounidense.
El encuadre es, en esencia, una apropiación. Reyna Angélica Marroquín se convierte en protagonista de una narrativa sobre crimen, investigación forense y redención judicial estadounidenses. Su historia sirve para ilustrar la capacidad del sistema legal norteamericano de resolver misterios antiguos, de encontrar respuestas después de treinta años. El suicidio del empresario Elkins tras ser confrontado con pruebas de ADN cierra un arco narrativo que, aunque imperfecto, al menos existe. En El Salvador, la prensa extranjera sabe bien, no siempre hay cierre.
Hay una ironía involuntaria en esta cobertura. Al tiempo que la prensa internacional enfatiza los avances del sistema de justicia salvadoreño en casos como los macrojuicios contra pandilleros, recurre a historias de décadas atrás para ilustrar los crímenes vinculados con salvadoreños. El pasado migratorio de Reyna, su vulnerabilidad como trabajadora extranjera, su muerte a manos de un hombre poderoso, son detalles que podrían hablar de patrones estructurales. Pero no se articulan así. La historia permanece aislada, un caso cerrado de la historia estadounidense, no un síntoma de nada que continúe.
Lo que omite la cobertura es tan relevante como lo que dice. No hay reflexión sobre por qué una joven salvadoreña emigró en los años sesenta, qué condiciones la llevaron a trabajar como niñera y en una fábrica, qué redes de protección faltaban. No hay contexto sobre El Salvador en esa época o en la actual. El país es un punto de partida, nada más. Y cuando la prensa extranjera trata a El Salvador así, como telón de fondo de historias que ocurren en otro lugar, está diciendo algo importante: que El Salvador importa solo cuando sus ciudadanos sufren en territorio ajeno, cuando sus historias pueden ser integradas en narrativas más grandes, más resonantes, más estadounidenses.