La visita de Mulino a Grecia que hoy relata Infobaa América ofrece un cuadro de Panamá que contrasta deliberadamente con la narrativa de crisis institucional que ha dominado la cobertura internacional en semanas recientes. No se trata de que la prensa extranjera haya descubierto un nuevo Panamá, sino de que la diplomacia panameña ha logrado enmarcar una agenda que la prensa internacional retransmite casi sin filtro crítico: la del país como actor marítimo confiable y socio comercial estratégico.
El encuadre es notable por lo que enfatiza y por lo que omite. La cobertura subraya acuerdos, registros navieros, oportunidades de empleo para marinos panameños y la reafirmación de una relación bilateral con Grecia que, en realidad, es más bien una relación de Panamá con el poder económico griego en el sector marítimo. Los 500 barcos que operan bajo bandera panameña con armadores griegos, los cuatro tanqueros panamax en construcción que se sumarán al registro, la participación en Posidonia 2026 con más de dos mil expositores de 138 países: estos datos construyen la imagen de un Panamá que funciona, que es buscado, que es indispensable en la cadena global de transporte de carga.
Lo que la prensa extranjera no cuestiona es el fundamento de esa indispensabilidad. El registro panameño es atractivo para armadores griegos, según la lógica de la cobertura, porque Panamá ofrece estabilidad regulatoria y competitividad. Pero la prensa internacional rara vez indaga en qué significa que una nación pequeña dependa tan profundamente de ser un intermediario regulatorio para potencias marítimas extranjeras, ni pregunta qué sucede cuando esos intereses entran en conflicto con las prioridades internas de Panamá. La gran cruz que recibe Mulino de manos del presidente griego es presentada como un reconocimiento al fortalecimiento de relaciones bilaterales, pero también es un símbolo de cómo la diplomacia panameña se expresa hoy en la arena internacional: a través de su utilidad para otros.
La delegación que acompaña al presidente es instructiva. Junto a la cancillería y los ministerios de comercio y turismo viajan los directores de la Autoridad Marítima, la Autoridad de Turismo y Aeronáutica Civil. Es decir, Panamá se presenta a sí mismo como una máquina de servicios regulatorios. Y viajan también dos exfuncionarios, Alberto Vallarino y Alberto Alemán Zubieta, cuya presencia en una misión presidencial subraya una cierta continuidad de élites que la prensa extranjera no comenta pero que está ahí, visible para quien quiera verla.
Lo más revelador es que esta narrativa de Panamá como socio marítimo confiable circule sin apenas rozar las turbulencias que han ocupado la cobertura internacional hace poco: los cuestionamientos sobre la independencia judicial, las investigaciones que avanzan lentamente, las tensiones políticas internas. Para la prensa extranjera que cubre esta visita, Panamá es el país que funciona en el ámbito donde importa: en el comercio, en la navegación, en la capacidad de ofrecer un registro que otros necesitan. El resto parece quedar fuera de foco.
Esa es la ilusión óptica que la cobertura internacional construye hoy: la de un Panamá que, a pesar de sus fracturas internas, sigue siendo imprescindible en el orden global. Es una verdad parcial que la prensa extranjera retransmite como si fuera el panorama completo.