La prensa internacional llega hoy a la víspera de la segunda vuelta presidencial peruana con un diagnóstico que, aunque certero en sus elementos, revela una simplificación reveladora: Perú se debate entre orden y caos, entre una candidata que promete estabilidad mediante mano dura y un competidor que encarna la incógnita de lo desconocido. France 24 articula este encuadre con precisión, pero también con una cierta resignación que merece examen.
Lo primero que salta es cómo la cobertura internacional naturaliza la fatiga electoral peruana. Nueve presidentes en diez años no es un dato que se presente como anomalía sistémica sino como telón de fondo, casi como atmósfera. Los votantes, según el testimonio que recoge la agencia francesa, votan por el "mal menor", una fórmula que la prensa extranjera repite sin cuestionarse demasiado qué instituciones produjeron esa reducción de opciones. El descontento es real, pero se lo trata como dato meteorológico más que como síntoma de quiebre.
La polarización que emerge en el relato internacional es, en buena medida, la que los propios candidatos cultivan. Fujimori versus Sánchez se presenta como un duelo entre la hija del pasado autoritario y un psicólogo rural que apenas hace meses era poco conocido. Pero aquí la prensa extranjera incurre en una distorsión sutil: enfatiza la "moderación" de Sánchez, su distancia de los ultranacionalistas, su promesa de relación "respetuosa" con Trump, como si esos gestos fueran suficientes para despejar dudas sobre su capacidad de gobernar. Al mismo tiempo, le da a Fujimori el crédito de la experiencia y la claridad ideológica, aunque esa claridad consista en advertencias sobre el comunismo y promesas de orden que remiten a los años noventa de su padre.
Lo que France 24 subraya con notable énfasis es la cuestión de seguridad. Las quejas por extorsión se multiplicaron nueve veces en cinco años. Los homicidios en Lima se triplicaron. Esa es la realidad que los votantes enfrentan, y es legítimo que la prensa internacional lo destaque. Pero el encuadre tiende a favorecer a quien promete respuesta más contundente, es decir, a Fujimori. Sánchez propone reforma institucional, atacar la corrupción policial y judicial. Es un argumento menos visceral, más lento en sus resultados. La cobertura extranjera, al reproducir las promesas de ambos sin profundizar en sus viabilidades, termina amplificando la apelación más inmediata: la de la mano fuerte.
Hay un detalle que la prensa internacional apenas toca y que merece atención: la legitimidad futura del ganador. Un analista citado por France 24 lo advierte con sobriedad. Si el resultado es cerrado, quien gane enfrentará cuestionamientos sobre su mandato. Eso no es un problema técnico sino político de primer orden. Pero la cobertura lo menciona de pasada, como si fuera una nota al pie de un drama ya escrito.
Lo que también emerge con claridad es que ninguno de los dos candidatos tiene mayoría legislativa. Ambos deberán negociar con un Congreso que incluye a varios expresidentes, es decir, con las mismas élites que han generado la inestabilidad que los votantes rechazan. La prensa extranjera lo señala, pero sin subrayar lo que eso significa: que la próxima presidencia, sea quien sea, será un ejercicio de supervivencia política más que de gobierno transformador. Esa es la verdadera jaula institucional que Perú enfrenta, y es invisible en la narrativa de orden versus cambio que domina la cobertura internacional.
El encuadre extranjero, en síntesis, captura la tensión peruana pero la encorseta en un relato binario que, aunque no es falso, omite las complejidades que hacen que esa tensión sea irresolvible en los términos que se plantea. Perú no elige entre dos proyectos viables. Elige entre dos promesas que ninguna estructura institucional está en condiciones de cumplir.