La prensa internacional que hoy se detiene en Costa Rica lo hace desde un ángulo que parece técnico y administrativo, pero que en realidad expone una reconfiguración silenciosa de cómo se narra el país hacia afuera. El fenómeno de El Niño y la respuesta gubernamental, tal como lo reporta Infobea América, desplazan el foco desde la imagen de estabilidad institucional que ha dominado el encuadre extranjero hacia una narrativa de vulnerabilidad climática y gestión de crisis.
Lo significativo no es que Costa Rica enfrente un desafío ambiental real. Lo relevante es que la prensa internacional, al cubrir esta realidad, comienza a presentar al país no como un modelo de gobernanza que resuelve problemas, sino como una nación en estado de alerta permanente, dependiente de acciones preventivas de gran escala para evitar el colapso. Las 247 acciones anunciadas, los 82 mil millones de colones invertidos, la cascada de advertencias sobre déficit hídrico y cortes eléctricos potenciales, el llamado urgente a la ciudadanía para ahorrar agua y energía: todo esto construye un relato de anticipación frenética, de un gobierno que debe movilizar recursos masivos y disciplina social para contener una amenaza que, como subraya el director del Instituto Meteorológico Nacional, "no podemos controlar, que no depende de nosotros".
Ese último matiz es crucial. La prensa extranjera, al reproducir estas palabras de la presidenta Fernández, introduce una variable que antes no era central en su cobertura de Costa Rica: la impotencia relativa frente a fuerzas sistémicas. Durante meses, el encuadre internacional enfatizó la capacidad de decisión, la iniciativa, el liderazgo ambiental del país. Hoy, sin que se diga explícitamente, emerge la idea de que hay límites a lo que la gestión institucional puede hacer.
Hay, además, un tono de contención que es revelador. Las autoridades costarricenses insisten en que "la pregunta no es si El Niño afectará a Costa Rica, sino en qué medida el país estará preparado". Es una frase que intenta proyectar control, pero que, leída desde afuera, suena más como una aceptación de que el daño es inevitable. La prensa internacional capta esto sin necesidad de criticarlo abiertamente. Simplemente reporta los números, las advertencias, las medidas. Y eso basta para que la narrativa cambie.
Lo que se omite en este encuadre es igualmente instructivo. No hay análisis de las causas estructurales que hacen a Costa Rica vulnerable a fenómenos climáticos de este tipo. No hay cuestionamiento sobre la sostenibilidad de un modelo que requiere 247 acciones de emergencia para sobrevivir un ciclo climático predecible. No hay reflexión sobre si la inversión en energías renovables y gestión hídrica ha sido suficiente en años anteriores. La cobertura se mantiene en el plano de la respuesta inmediata, lo que permite que el gobierno parezca competente en su reacción sin que se interrogue la preparación de fondo.
Costa Rica, en el encuadre de hoy, deja de ser el país que lidera en estabilidad democrática y se convierte en el país que se prepara para una crisis. Es un cambio sutil pero profundo. No es crítica abierta. Es simplemente un desplazamiento del foco que, con el tiempo, puede reconfigurar cómo se lee la capacidad real del país para gestionar sus propios desafíos.