La prensa internacional ha descubierto en Colombia algo que suele interesarle menos que los dramas de polarización y amenaza democrática: un dato técnico de participación electoral. France 24 abre hoy con la cifra del 64 por ciento de votantes, presentándola como un hito histórico, y dedica espacio a una entrevista con Silvia Otero-Bahamón de la Universidad del Rosario para contextualizar lo que significa una reducción de la abstención a alrededor del 40 por ciento. Es un giro notable en el encuadre.
Durante semanas, la cobertura externa de Colombia se concentró en la amenaza que representa la llegada de Abelardo de la Espriella al poder, en la polarización como rasgo patológico del sistema político, en la confrontación entre proyectos irreconciliables. Esos elementos siguen presentes, pero hoy aparece un matiz diferente: la noticia no es solo quién ganó, sino cuántos colombianos decidieron participar en decidirlo. Es como si la prensa extranjera estuviera reconociendo, de pronto, que hay algo en el proceso electoral colombiano que funciona, que atrae, que moviliza.
Esto merece una lectura atenta. El énfasis en la participación histórica puede interpretarse de dos maneras. La primera es genuina: la prensa internacional constata que Colombia, a pesar de sus fracturas, logró convocar a casi dos tercios de su población habilitada para votar. Es un dato sobre salud democrática que contrasta con la narrativa de colapso o captura que suele dominar la cobertura latinoamericana. La segunda lectura es más incómoda: el dato de participación funciona como un colchón narrativo frente a un resultado electoral que la prensa occidental considera problemático. Si la participación fue histórica, entonces el proceso fue legítimo, aunque el ganador sea alguien que la prensa califica como ultraderechista.
Lo que la prensa internacional parece estar haciendo es separar dos historias que antes mantenía entrelazadas. Por un lado, la salud del proceso electoral en sí: participación robusta, movilización ciudadana, reducción de la abstención. Por otro lado, la naturaleza del resultado: la llegada de De la Espriella al poder. Mantener ambas narrativas simultáneamente requiere cierta sofisticación analítica que no siempre está presente en la cobertura de América Latina. Pero hoy, al menos en France 24, se ve el intento.
La pregunta que queda sin formular explícitamente en estos titulares es incómoda: ¿puede un proceso electoral ser democráticamente robusto en su participación y procedimiento, pero problemático en su resultado? ¿O la legitimidad del proceso se extiende automáticamente al resultado, incluso cuando ese resultado es un candidato que la prensa internacional considera inaceptable? La cobertura de hoy no responde la pregunta. Simplemente la deja flotando, al colocar el dato de participación en el primer plano mientras mantiene la caracterización de De la Espriella como ultraderechista.
Hay también en este encuadre una cierta ausencia de reflexión sobre qué significa que el 64 por ciento de los colombianos habilitados para votar haya elegido a alguien que la prensa occidental etiqueta de extremista. No es una pregunta retórica sobre la legitimidad del resultado. Es una pregunta sobre qué dice ese voto masivo sobre las percepciones, las frustraciones, las prioridades de los votantes colombianos. La prensa extranjera tiende a leer los votos por candidatos de derecha en América Latina como errores, como desviaciones de una trayectoria esperada, no como expresiones políticas legítimas que merecen comprensión. El dato de participación histórica debería invitar a esa comprensión. Hoy, no parece hacerlo.