La prensa extranjera que hoy se detiene en Costa Rica lo hace desde el ángulo más elemental y, paradójicamente, el más ausente en los últimos encuadres: el de la vulnerabilidad física del territorio. Infobae América reporta la advertencia del Instituto Meteorológico Nacional sobre la Onda Tropical 14 y sus riesgos de inundación, saturación de alcantarillado y tormentas eléctricas. Es un reportaje de meteorología operativa, de cifras de precipitación esperada, de recomendaciones de prevención. Nada que sugiera una crisis sistémica ni una quiebra institucional. Y sin embargo, ese silencio mismo es el mensaje.
Durante semanas, la mirada internacional sobre Costa Rica ha estado atrapada en los síntomas de una descomposición política y criminal: corrupción, amenazas contra autoridades, brotes epidemiológicos en zonas abandonadas. El país aparecía como un Estado erosionado desde adentro, incapaz de gobernarse. Hoy, cuando el medio extranjero se ve obligado a cubrir un evento climático ordinario para la región centroamericana, emerge un problema que no es ni corrupción ni crimen organizado, pero que revela algo quizá más fundamental: la incapacidad de las infraestructuras básicas para contener los ciclos naturales que caracterizan el trópico.
Las cifras que Infobae menciona son específicas: acumulados de 10 a 40 milímetros en seis horas, máximos puntuales de 80 milímetros, ráfagas de hasta 80 kilómetros por hora. Son magnitudes que en muchos países desarrollados se considerarían manejables. Que en Costa Rica generen advertencias sobre saturación de alcantarillado y riesgo de inundaciones sugiere que la vulnerabilidad no está en el fenómeno climático sino en la capacidad de respuesta territorial. La Comisión Nacional de Emergencias pide a la población mantenerse atenta a la información oficial. Es decir, que sea el ciudadano quien se adapte al riesgo, no la infraestructura quien lo contenga.
Lo que la prensa extranjera no dice, pero que su cobertura meteorológica implica, es que Costa Rica enfrenta una temporada de lluvias como cualquier otra, pero sin la redundancia de sistemas, sin los márgenes de seguridad que permitirían que esa lluvia fuese simplemente lluvia. El encuadre internacional aquí es el de un país que, mientras lucha contra sus demonios políticos y criminales, descubre que sus demonios más antiguos, los del clima y la geografía, nunca han dejado de acecharlo. Y que tal vez nunca estuvo tan preparado para enfrentarlos como pretendía estarlo.