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🇭🇳 Honduraslunes, 22 de junio de 2026

La prensa internacional ha decidido que Honduras es un problema de ingeniería. No de seguridad, no de gobernanza política, no de corrupción sistémica, sino de kilovatios, transformadores y pérdidas técnicas. Infobae América reporta hoy las demandas de la Cámara de Comercio e Industrias de Tegucigalpa por reformas urgentes al sector eléctrico, y en ese encuadre reside una simplificación que merece atención.

El artículo presenta la crisis energética como un problema fundamentalmente económico y administrativo. La directora ejecutiva de la CCIT sostiene que los apagones frenan la actividad económica, que incrementan costos de producción, que espantan inversión extranjera. Las empresas deben comprar plantas de emergencia, destinar recursos al mantenimiento de equipos de respaldo. El diagnóstico es técnico: la ENEE tiene indicadores financieros y operativos deficientes, necesita reducir pérdidas técnicas y administrativas, modernizar infraestructura, fortalecer transparencia. El remedio, por tanto, es también técnico: reformas que el Congreso Nacional debe aprobar, decisiones de fondo que resuelvan la problemática de manera definitiva.

Lo que desaparece en este encuadre es la pregunta sobre por qué un país que lleva años solicitando soluciones concretas sigue sin obtenerlas. Infobae América registra que hay coincidencias sobre la necesidad de reformas, pero también diferencias sobre el modelo de gestión y el rol del Estado. Esa mención es fugaz, casi decorativa. No se explora qué actores bloquean esas reformas, quién se beneficia del status quo, por qué el Congreso Nacional mantiene en discusión un paquete de reformas que ya fue aprobado en primer debate. La prensa extranjera, al reportar las quejas empresariales, evita la pregunta política: ¿quién impide que estas reformas avancen?

Hay una ironía implícita en el enfoque. La Cámara de Comercio pide decisiones oportunas para que no se prolongue una problemática que afecta a toda la población. Pero la prensa internacional reporta esa solicitud como si fuera noticia, como si el pedido de soluciones fuera equivalente a la solución misma. Se documenta la demanda, no su eficacia. Se registra la voz empresarial, que es legítima, pero no se interroga por qué esa voz ha estado pidiendo lo mismo durante años sin resultado.

El encuadre también tiende a universalizar el problema. La crisis eléctrica afecta a hogares y empresas, dice el reportaje. Pero la cobertura se concentra en el impacto para la competitividad empresarial, en la inversión nacional y extranjera, en la generación de empleo formal. El usuario residencial aparece apenas como una mención de pasada: continúan informando interrupciones frecuentes. No hay testimonio de una familia sin electricidad, de un trabajador informal que no puede operar su pequeño negocio, de los sectores que quedan fuera del cálculo de la Cámara de Comercio.

La prensa internacional, en este caso, ve a Honduras a través del lente de la viabilidad económica. Si el sistema eléctrico se arregla, Honduras será más competitivo. Si se moderniza la infraestructura y se mejora la calidad del servicio, llegarán inversiones. El problema se reduce a un déficit de eficiencia estatal que admite solución técnica. Lo que no cabe en ese encuadre es la posibilidad de que la crisis energética sea síntoma de una captura institucional más profunda, o que las reformas que se piden desde hace años no avanzan precisamente porque hay actores con poder que se benefician de mantener el desorden.

Infobea América reporta lo que la Cámara de Comercio dice. Eso es periodismo válido. Pero el editorial de hoy no es sobre lo que la CCIT pide, sino sobre cómo la prensa extranjera enmarca esa demanda. Y lo que enmarca es una Honduras donde los problemas tienen soluciones administrativas, donde el debate existe aunque persistan diferencias, donde el futuro del sistema eléctrico sigue en discusión como si la discusión fuera equivalente al cambio. Es el encuadre de quien observa desde afuera y asume que si hay voces pidiendo reformas, es porque las reformas son posibles. Rara vez pregunta por qué no han ocurrido aún.

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