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🇨🇷 Costa Ricamartes, 23 de junio de 2026

La prensa internacional que hoy se detiene en Costa Rica lo hace desde un ángulo que, aunque superficialmente técnico, revela una preocupación que trasciende el mero reporte meteorológico: la saturación de los suelos como síntoma de una vulnerabilidad territorial que ya no puede ocultarse bajo el manto de la prevención institucional.

Infobae América, al reportar la alerta verde emitida por la Comisión Nacional de Emergencias, subraya con precisión un dato que la prensa extranjera parece leer como un indicador más profundo que lo que las autoridades costarricenses pretenden transmitir. Los 120 milímetros de lluvia acumulados en doce horas en el Caribe y la Zona Norte, las cuencas con contenido de humedad en niveles especialmente altos en el Pacífico Sur, los colapsos de sistemas de alcantarillado, los desbordamientos de ríos, los deslizamientos en rutas nacionales: el encuadre no es el de una tormenta pasajera, sino el de un territorio que ha llegado a su límite de absorción.

Lo revelador aquí es que la narrativa internacional no dramatiza ni amplifica. Simplemente documenta, cifra a cifra, cómo Costa Rica enfrenta no una crisis excepcional sino una condición que parece haberse normalizado: la saturación permanente. El paso de las ondas tropicales quince, dieciséis y diecisiete en una sola semana, la expectativa de que la intensidad se extienda a múltiples regiones, la recomendación de vigilancia constante en zonas de montaña y rutas nacionales, todo esto se presenta como una secuencia previsible, casi rutinaria, de eventos climáticos que el país debe gestionar.

La prensa extranjera, al reproducir las palabras del presidente de la CNE, Alejandro Picado, sobre mantener una vigilancia constante, no está elogiando la capacidad de respuesta institucional. Está documentando que la prevención se ha convertido en el estado permanente de Costa Rica. La alerta verde, presentada como un mecanismo de carácter preventivo que permite activar protocolos, es leída desde afuera no como un éxito de gestión sino como evidencia de que el país vive en un régimen de emergencia climatizada, donde las autoridades aconsejan a la ciudadanía extremar precauciones en puntos de pesca y turismo marítimo como si estas fueran actividades normales desarrolladas bajo condiciones anormales.

Lo que la cobertura internacional omite, quizá porque los datos no lo permiten, es cualquier reflexión sobre las causas estructurales de esa saturación de suelos: deforestación, cambio climático, infraestructura de drenaje insuficiente, ocupación de zonas de riesgo. Se queda en el nivel de la descripción operativa. Y ese nivel es, precisamente, donde Costa Rica desea ser visto: como un Estado que monitorea, que alerta, que recomienda. Pero la acumulación de esas alertas, semana tras semana, región tras región, construye un retrato de un país que ya no puede permitirse el lujo de la estabilidad climática que su propia marca internacional prometía.

La ironía que la prensa extranjera no explicita pero que su silencio deja entrever es que Costa Rica, la nación que se vendió al mundo como destino de naturaleza intacta y gestión ambiental ejemplar, aparece hoy en los reportes internacionales como un territorio en vigilancia constante, donde los suelos saturados generan incidentes varios y donde el riesgo de inundaciones y derrumbes es ahora una variable permanente en la ecuación de la vida cotidiana.

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