Inicio/Opiniones · Panamá
En vivo
🇵🇦 Panamámartes, 23 de junio de 2026

El foco internacional sobre Panamá se ha desplazado hoy hacia un territorio menos visible pero igualmente revelador: el del fútbol profesional y, a través de él, la cultura institucional del país. La entrevista de El País América a Julio Dely Valdés, el exdelantero que tuvo carrera en Europa y ahora dirige al San Miguelito, parece a primera vista un asunto deportivo menor. Sin embargo, contiene un diagnóstico que la prensa extranjera está leyendo como síntoma de algo más profundo que el rendimiento de un equipo.

Dely Valdés habla desde la experiencia de quien ha vivido dos mundos: el profesionalismo europeo y la realidad del fútbol panameño. Su observación sobre la falta de profesionalismo, expresada con la naturalidad de quien la ha visto repetirse, toca un nervio que trasciende el deporte. Cuando dice que "en mi país no somos profesionales" y relata el episodio de un jugador que falta a entrenamientos sin consecuencias aparentes, la prensa internacional no está simplemente reportando un problema de disciplina deportiva. Está registrando una afirmación sobre cómo funcionan las instituciones en Panamá, o más precisamente, cómo fallan en funcionar.

El encuadre es sutil pero significativo. El País no presenta esto como una anécdota folclórica sobre el caos tropical o la indisciplina característica. Lo presenta como un testimonio de alguien que conoce ambos lados, que ha jugado en Oviedo, Málaga y PSG, y que al regresar a su país encuentra una brecha entre lo que debería ser y lo que es. La narrativa que emerge es la de un país donde las reglas existen pero no se aplican, donde la jerarquía no se respeta, donde el sistema es permeable a la impunidad.

Esto conecta, aunque de manera indirecta, con un patrón que la prensa internacional ha venido tejiendo sobre Panamá durante meses: la idea de un territorio donde las instituciones son débiles, donde los mecanismos de control y sanción funcionan de manera inconsistente, donde la informalidad prevalece. No es el Panamá del narcotráfico o de la geopolítica de la guerra en Ucrania. Es el Panamá de las estructuras que no sostienen lo que prometen sostener.

Lo interesante es que Dely Valdés no culpa a los jugadores de ser malos o perezosos. Culpa a la cultura de falta de profesionalismo, a un ambiente donde las consecuencias no existen. Eso es exactamente lo que la prensa extranjera ha estado observando en contextos más graves: un país donde la consecuencia no sigue al acto, donde la regla se enuncia pero se suspende, donde la impunidad es el verdadero sistema operativo.

El editorial de hoy, entonces, no es sobre fútbol. Es sobre cómo un comentarista deportivo en un Mundial está siendo utilizado por la prensa internacional como testigo de algo que Panamá ya no puede negar: que sus problemas no son accidentales ni externos, sino estructurales. Y que incluso en algo tan aparentemente alejado de la política o la seguridad como un equipo de fútbol, esa debilidad institucional se reproduce, se normaliza, se perpetúa. Eso es lo que El País está diciendo, sin necesidad de decirlo explícitamente.

Compartir