Paraguay aparece hoy en la prensa internacional nuevamente como territorio donde se aplican reglas ajenas, pero esta vez el mecanismo es más sutil y más problemático de lo que a primera vista parece. El País América retoma el caso de Miguel Almirón y la tarjeta roja que recibió por cubrirse la boca durante una discusión con el turco Mert Müldür, pero el ángulo no es ya simplemente que Paraguay sea un laboratorio de experimentación normativa. Lo nuevo es que el medio español está documentando una inconsistencia en la aplicación de esa misma regla que, en menos de veinticuatro horas, se reveló como selectiva.
La contraposición es instructiva. Almirón fue expulsado el viernes pasado por un gesto que la FIFA interpretó como un intento de ocultar insultos. El martes de la misma semana, Jude Bellingham, futbolista inglés, realizó exactamente el mismo gesto con el ghanés Jordan Ayew. La diferencia determinante, según el relato de El País, fue que en el caso de Bellingham se consideró que se trataba de una "conversación amistosa", mientras que en el de Almirón se presumió lo contrario. Ningún árbitro intervino, ningún VAR se activó.
Lo que emerge de esta cobertura es una pregunta incómoda que la prensa extranjera apenas formula pero que está implícita: ¿cómo se determina el contexto de una conversación privada entre dos jugadores en medio de un partido? ¿Quién decide si es amistosa o agresiva? El medio español no lo dice explícitamente, pero su documentación de los dos casos lado a lado sugiere que la aplicación de la regla depende menos de lo que ocurrió que de quién es el jugador involucrado. Almirón, de un equipo menor en la jerarquía futbolística global, fue sancionado. Bellingham, de la selección inglesa, no.
Paraguay sigue siendo, en esta narrativa, un escenario donde las reglas se prueban. Pero el matiz que El País introduce es que también es un escenario donde se revelan las grietas de un sistema que pretende ser universal pero que opera con criterios que varían según el poder simbólico de los involucrados. El país no es culpable de nada, pero tampoco es inocente de ser el lugar donde esa injusticia se hizo visible. La prensa extranjera, al menos en este caso, está documentando una contradicción. La pregunta es si llegará a nombrarla como lo que probablemente sea: un acto de arbitrariedad institucional.