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🇨🇴 Colombiamartes, 30 de junio de 2026

La prensa internacional ha descubierto un nuevo encuadre para Colombia: el de la transición religiosa. No es menor. Mientras que semanas atrás el relato extranjero se concentraba en la dureza securitaria del nuevo gobierno de De la Espriella —el ultimátum a grupos armados, la caracterización ideológica, la alineación con la derecha regional— hoy El País América enfatiza un detalle que antes pasaba desapercibido o se mencionaba de soslayo: la peregrinación del presidente electo por santuarios católicos como acto fundacional de su mandato.

El reportaje traza una línea simbólica entre De la Espriella y su predecesor Gustavo Petro mediante el recurso a la iconografía religiosa. Ambos, sugiere el medio español, enmarcan sus transiciones en símbolos católicos, aunque por caminos distintos. La "Peregrinación de la Esperanza por la Patria Milagro" —con sus arrodillamientos ante el Santísimo Sacramento, sus rosarios en la frontera ecuatoriana, su renovación de la consagración de Colombia al Sagrado Corazón— se presenta como un acto deliberado de legitimación que precede a los anuncios de gabinete, al programa de gobierno, a las medidas concretas. Primero la oración, después la política.

Lo interesante aquí no es que un presidente colombiano recurra a símbolos religiosos. Lo relevante es que la prensa extranjera haya decidido que eso es noticia, y que lo presente como un rasgo definitorio de la transición. Hay en esa elección editorial una lectura implícita: que en Colombia, la religión no es un asunto privado sino una herramienta de comunicación política, un lenguaje que los gobernantes emplean para hablar con su electorado y para legitimarse ante instituciones y tradiciones que trascienden el Estado. El País América no lo dice así, pero lo insinúa con claridad al poner en paralelo a Petro y De la Espriella a través de sus actos religiosos.

Sin embargo, hay una omisión notable. El reportaje no indaga en qué medida esta apelación a lo sagrado es consistente o contradictoria con el perfil político que De la Espriella ha proyectado hasta ahora. No examina si la peregrinación es una genuina expresión de fe o una estrategia de reposicionamiento ante una base electoral que quizá esperaba un tono menos ceremonial. No pregunta si el énfasis en la reconciliación y la unidad nacional —palabras pronunciadas en Las Lajas— entra en tensión con el ultimátum de treinta días a los grupos armados que caracterizó su campaña. La prensa internacional, en este caso, se conforma con documentar el acto sin interrogar sus contradicciones internas.

Lo que sí queda claro es que el relato sobre Colombia desde el extranjero está en búsqueda de un nuevo ángulo. La política dura ha agotado sus titulares. Ahora la atención se desplaza hacia los símbolos, los rituales, las continuidades institucionales. Es un cambio que sugiere que la prensa internacional está menos interesada en analizar la consistencia del nuevo gobierno que en observar cómo se presenta a sí mismo, cómo se viste de legitimidad, cómo negocia su lugar en una tradición que es a la vez política y espiritual. En ese movimiento hay tanto lucidez como superficialidad: lucidez al reconocer que los símbolos importan; superficialidad al no preguntarse qué hay debajo de ellos.

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