La prensa internacional que cubre a Panamá hoy introduce un encuadre que representa un desplazamiento notable en la jerarquía de amenazas que se le atribuye al país. Infobae América, mediante su cobertura de la investigación sobre moluscos invasores en puertos panameños, traslada el foco desde la seguridad geopolítica y el crimen transnacional hacia un territorio de riesgo que, aunque técnicamente bioseguridad, opera bajo una lógica distinta: la de la vulnerabilidad ambiental y agrícola como problema de escala regional.
El hallazgo en sí es legítimo. Especialistas de la Universidad de Panamá identificaron 2,481 ejemplares de moluscos terrestres en áreas portuarias, con presencia de Allopeas gracile en el 63.1 por ciento de los casos y, por primera vez en el país, Praticolella mexicana, una especie que puede transmitir nematodos parásitos. El estudio fue publicado en Journal of Tropical Plant Pathology y surge de una colaboración entre el Museo de Malacología y el Ministerio de Desarrollo Agropecuario. Estos son datos verificables y de interés científico genuino.
Pero lo que merece atención es cómo la prensa extranjera enmarca este hallazgo dentro de la narrativa más amplia sobre Panamá. El artículo subraya que "hasta 2025 no se habían realizado estudios" para identificar estas especies en productos exportados, lo que implícitamente sugiere un vacío regulatorio o de vigilancia. Luego enfatiza que los puertos panameños, por su ubicación estratégica y por el paso del Canal, son "puntos de entrada y salida para la mayoría de las mercancías distribuidas a lo largo de la región". Finalmente, concluye que esto representa "un reto para la bioseguridad de Panamá y de la región centroamericana".
La estructura narrativa es clara: Panamá no controla adecuadamente lo que entra y sale de su territorio. Esta vez, no se trata de drogas o migrantes, sino de plagas agrícolas. El mensaje subyacente es el mismo: el país es un punto de tránsito donde las deficiencias institucionales permiten que amenazas se propaguen hacia el resto de la región. La diferencia es que la amenaza ahora no requiere cooperación militar ni presión geopolítica para ser presentada como un problema común centroamericano.
Lo que la cobertura internacional omite es igualmente significativo. No menciona que fue precisamente la investigación académica panameña la que identificó el problema. No destaca que existe colaboración interinstitucional entre la universidad y el ministerio. Tampoco examina cuáles son los protocolos actuales de inspección en puertos y aeropuertos, ni si estos hallazgos representan una falla de esos protocolos o simplemente su funcionamiento normal: detectar lo que entra para poder actuar sobre ello.
En cambio, el encuadre extranjero presenta a Panamá como un territorio donde, una vez más, se descubre una vulnerabilidad que afecta a otros. La prensa internacional parece incapaz de ver al país sino como un nodo de riesgos que se irradian hacia afuera. Que esos riesgos sean ahora caracoles en lugar de cocaína no cambia la estructura del relato. Panamá sigue siendo el lugar donde las cosas salen mal y donde otros deben estar atentos.