Inicio/Opiniones · Perú
En vivo
🇵🇪 Perújueves, 2 de julio de 2026

La prensa internacional ha encontrado en la victoria de Keiko Fujimori un relato que trasciende lo electoral para inscribirse en una narrativa mayor: el resurgimiento de la derecha latinoamericana. Ese es el encuadre dominante que emerge del texto completo que hoy circula en los medios extranjeros, y es precisamente ahí donde conviene detenerse, porque revela tanto lo que la mirada de afuera ve como lo que deliberadamente elige no ver.

El medio que reporta la noticia (identificado en el feed como feed/peru) coloca el resultado dentro de un patrón regional más amplio. No es solo que Fujimori ganó. Es que su victoria es "el último triunfo de la derecha latinoamericana". Esa frase, en el titular mismo, convierte lo peruano en un episodio de una serie más grande, donde el péndulo político del continente se inclina nuevamente hacia la derecha después de años de gobiernos progresistas. La elección peruana se lee así como confirmación de una tendencia, como dato que alimenta una hipótesis sobre el giro ideológico regional.

Lo interesante es que ese encuadre, aunque estadísticamente correcto, desplaza la atención de lo que es genuinamente peruano en esta elección. El texto señala que Fujimori ganó por menos de 50.000 votos de más de 18 millones emitidos, un margen tan estrecho que apenas existe. Pero la prensa extranjera no enfatiza ese dato como síntoma de una polarización profunda o de una legitimidad cuestionada. Lo menciona de pasada, casi como un detalle técnico, porque lo que importa narrativamente es el resultado, no su fragilidad.

El segundo movimiento del encuadre es la personalización del relato alrededor de Fujimori como figura. Se subraya que es "la hija de Alberto Fujimori", que es su "cuarto intento" presidencial, que ella trabajó "para suavizar su imagen" durante la campaña. La biografía se vuelve argumento: una mujer que heredó un legado tóxico y que finalmente logró vencer la resistencia que ese legado generaba. Pero aquí hay una omisión significativa. El texto menciona que "millones de peruanos guardan recuerdos oscuros del gobierno de su padre" y que "se niegan a votar por alguien llamado Fujimori", pero no profundiza en qué significa que, a pesar de esa resistencia, ella ganó. ¿Qué dice eso sobre el estado de la democracia peruana? ¿Sobre la capacidad del voto de castigo a la corrupción? La prensa extranjera lo deja en suspenso.

Lo que sí destaca es el contexto de crisis: ocho presidentes en una década, crimen en aumento, extorsión, sicariato. Fujimori prometió "orden y esperanza" y la prensa extranjera la cita diciendo exactamente eso, como si fuera un programa. Pero no interroga qué significa que una candidata que vota a su padre como modelo de "mano fuerte" sea la respuesta que los peruanos eligieron ante esa crisis. El paralelo entre el autoritarismo pasado y la promesa de orden presente queda planteado pero no examinado.

Hay también una ausencia notable: Roberto Sánchez apenas aparece en el relato. "Aún no ha reaccionado", dice el texto. Había advertido que no reconocería un gobierno de Fujimori, alegando irregularidades en el voto en el exterior. Pero esa denuncia no es desarrollada ni contextualizada. ¿Cuál era la naturaleza de esas irregularidades? ¿Tienen peso? La prensa extranjera no lo aclara. Sánchez existe en este relato solo como el perdedor, como la izquierda que no logró consolidarse en Perú, como parte de la narrativa del resurgimiento de la derecha.

Lo que la prensa internacional está viendo en Perú, entonces, es un país que elige orden sobre caos, derecha sobre izquierda, y una mujer que logró redimirse de su apellido mediante la persistencia. Es una lectura limpia, narrativamente satisfactoria. Pero es también una lectura que convierte Perú en un ejemplo de una tendencia regional, cuando lo que Perú podría estar mostrando es algo más incómodo: que la crisis institucional es tan profunda que los peruanos están dispuestos a votar por la hija de un autócrata condenado por crímenes de lesa humanidad con tal de tener alguien que prometa estabilidad. Eso no es un triunfo de la derecha latinoamericana. Es un síntoma de desesperación que la prensa extranjera, ocupada en contar historias regionales, apenas nota.

Compartir