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🇵🇷 Puerto Ricojueves, 2 de julio de 2026

La prensa internacional descubre hoy a Vieques como un cementerio que habla. No es la primera vez que los medios extranjeros se acercan a la isla satélite de Puerto Rico, pero el encuadre que trae consigo The Guardian en esta cobertura merece atención porque revela algo sobre cómo Occidente procesa el daño ambiental cuando es infligido por sus propias instituciones militares.

El relato que estructura el artículo es, en apariencia, directo: bombardeos masivos durante seis décadas, contaminación con metales carcinógenos, tasas de cáncer elevadas, municiones sin explotar que siguen esparcidas en un tercio de la isla, y ahora el temor de que Donald Trump reactive las bases militares estadounidenses en la región. Es un argumento de causa y efecto, lineal, acusador. Pero el modo en que se cuenta revela una jerarquía de importancia que merece ser señalada.

The Guardian abre con José Belardo, el taxista jubilado que funciona como guía turístico de la tragedia. Es una técnica narrativa común en el periodismo anglosajón: humanizar mediante el testigo local, el que sabe porque vive ahí. Funciona. Pero observe el lector cómo el artículo alterna entre estadísticas sanitarias de 2003, estudios epidemiológicos, cifras de contaminación, y luego vuelve a las historias personales: Milivy Adams Calderón, la niña de cinco años con uranio elevado en sangre; Carlos Ventura, el pescador con linfoma de Burkitt; Zaida Torres, que viaja seis horas cada tres semanas para radioterapia. La estructura es deliberada: los números dan legitimidad, las personas dan emoción. Juntos crean lo que podría llamarse una narrativa de victimización completa.

Lo que es notable es lo que el medio británico enfatiza como novedad urgente: el miedo de que Trump reactive las bases. Ese es el gancho que le permite al artículo existir hoy, en 2025, cuando Vieques lleva más de dos décadas bajo limpieza del Superfund. No es que la contaminación sea nueva. No es que las muertes sean nuevas. Lo nuevo es la amenaza futura, el riesgo de que todo empeore. Y eso permite a The Guardian contar una historia sobre la responsabilidad estadounidense sin que suene como una crítica histórica desfasada, sino como una advertencia contemporánea.

Hay aquí una ironía que la prensa extranjera no subraya suficientemente. Mientras reporta sobre la reactivación de Roosevelt Roads en Ceiba, mientras cita los temores de los viequenses sobre una renovada militarización, el artículo mismo está siendo publicado en un contexto donde esa militarización ya es política de Estado declarada. No es predicción. Es descripción de lo que está ocurriendo. Y sin embargo, el tono del reportaje mantiene cierta distancia, cierta incredulidad: "algunos Viequenses temen que la reactivación militar sea inminente". Temen. Como si fuera especulación.

Hay además un silencio que merece mención. El artículo menciona que el proyecto de investigación de la Dra. Lorena Estrada-Martínez perdió financiamiento en 2025 "al inicio de la segunda administración Trump". Lo dice de pasada. Pero es un detalle crucial: la administración que ahora amenaza con reactivar las bases es la misma que acaba de defundar la investigación científica sobre los daños que esas bases causaron. Eso no es coincidencia. Es política. Y The Guardian lo reporta sin enfatizarlo, como si fuera un dato administrativo más.

Lo que la prensa extranjera ve en Vieques, entonces, no es exactamente un territorio. Es un caso de estudio sobre cómo un Estado imperial maneja sus residuos tóxicos cuando están en territorios que no pueden votarlo. Es un argumento sobre el militarismo estadounidense. Vieques es el escenario, pero no el protagonista. Los protagonistas son las decisiones de Washington, la lógica de la ocupación estratégica, la reconfiguración geopolítica frente a Venezuela y Cuba. Los viequenses son testigos, víctimas, voces que documentan lo que ya fue decidido en otro lugar.

Eso es lo que merece cuestionarse. No la precisión de los datos, que parecen sólidos. Sino el encuadre que permite a un medio internacional reportar sobre envenenamiento masivo, muertes evitables, y negligencia institucional como si fuera una historia sobre las consecuencias inevitables de la guerra, no como lo que es: una decisión política renovada cada día por no remediarla.

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