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🇵🇷 Puerto Ricoviernes, 3 de julio de 2026

La prensa internacional vuelve a Vieques hoy, pero no porque la isla haya dejado de envenenar a sus habitantes, sino porque el cambio de administración en Washington reaviva el miedo a que el envenenamiento se profundice. The Guardian publica un reportaje extenso sobre las tasas de cáncer anómalamente altas en la isla satélite de Puerto Rico y sobre la persistencia de municiones sin explotar, pero el ángulo que lo sostiene no es principalmente el daño acumulado en seis décadas de ocupación militar, sino la posibilidad inminente de que Trump reactive las bases que Obama cerró. El peligro futuro, en otras palabras, eclipsa el daño ya consumado.

Esto revela un patrón conocido en la cobertura internacional de las consecuencias del militarismo estadounidense. El medio británico dedica párrafos exhaustivos a las historias personales de los viequenses que enfrentan cáncer, a los números que documentan el exceso de mortalidad, a las dificultades para acceder a atención médica en una isla que carece de hospital funcional. Cita estudios del departamento de salud puertorriqueño que demuestran incrementos de entre 18 y 40 por ciento en tasas de cáncer según el período. Reproduce testimonios crudos: Carlos Ventura diciendo que en su vecindario casi todos han muerto de cáncer, una tras otra. Zaida Torres describiendo viajes de doce horas a la isla principal para recibir radioterapia.

Pero la estructura narrativa que ordena todo esto tiende hacia lo prospectivo. El daño presente interesa porque es evidencia de lo que podría venir. Vieques no es un caso cerrado de responsabilidad militar estadounidense que la prensa internacional deba procesar críticamente, sino un aviso de lo que ocurriría si Trump decide reabrir las bases. El riesgo es lo que moviliza la atención, no la injusticia histórica.

Hay un segundo nivel de encuadre que merece señalarse. The Guardian menciona que el proyecto de investigación dirigido por la Dra. Lorena Estrada-Martínez, que buscaba evaluar los efectos de la presencia naval desde 2020 con financiamiento de la EPA, perdió fondos en 2025 con el inicio de la segunda administración Trump. El dato aparece de paso, casi como una anécdota, cuando en realidad apunta a algo más sistemático: la desfinanciación de la investigación científica sobre el daño ambiental en territorios bajo jurisdicción estadounidense. No es un efecto colateral de la política exterior, sino una decisión deliberada de no saber.

Lo que The Guardian no examina es por qué Vieques sigue siendo un territorio donde un tercio de la tierra permanece vedada a sus propios residentes casi dos décadas después de que la marina se retiró. Por qué la limpieza bajo el programa Superfund de la EPA se proyecta hasta 2032 sin que haya garantías de que se complete. Por qué una isla con tasas de cáncer documentadamente elevadas carece de hospital, de servicios de diálisis, de maternidad. Estos no son problemas que surgirán si Trump reactiva las bases. Son problemas que existen ahora, que han existido durante años, y que la prensa internacional tiende a ver como síntomas de una amenaza futura antes que como violaciones presentes que demanden respuesta inmediata.

El encuadre extranjero, en suma, convierte a Vieques en un sitio de advertencia geopolítica antes que en un territorio donde viven personas cuya salud ha sido sistemáticamente sacrificada. Eso tiene consecuencias para cómo el mundo entiende la responsabilidad estadounidense. No como un asunto de reparación y justicia que ya debería estar resuelta, sino como un riesgo que podría agravarse. Es una forma de aplazar la rendición de cuentas.

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