La prensa internacional ha descubierto hoy en Perú un territorio donde la agencia femenina y el emprendimiento funcionan como narrativa de esperanza. Infobea América, al cubrir la iniciativa UNIDAS de la Universidad César Vallejo, elige un encuadre que merece examinarse con cuidado, porque revela tanto lo que la mirada extranjera está dispuesta a ver como lo que sigue ignorando deliberadamente.
El artículo se estructura alrededor de una premisa tranquilizadora: que el empoderamiento económico de las mujeres es un camino viable, que las universidades pueden catalizarlo, que las redes de apoyo funcionan y que más de quince mil mujeres ya han accedido a capacitación y asesoría. Es un relato de progreso incremental, de capacidades en construcción, de herramientas digitales que amplían mercados. Cecilia Yarlequé, emprendedora de Piura con su proyecto de artesanías en paja toquilla, encarna el tipo de éxito que la cobertura internacional encuentra legible: una mujer que aprendió liderazgo, mejoró su gestión, escaló su negocio.
Pero lo que revela este encuadre es más interesante que lo que afirma. Al presentar el emprendimiento femenino como solución—como estrategia de "reducir brechas de género" y "promover igualdad de oportunidades"—la prensa internacional está trasladando la responsabilidad de la igualdad hacia el ámbito privado, hacia la iniciativa individual y colectiva de las propias mujeres. La universidad fortalece redes, sí. Pero ¿qué dice esto sobre el estado de las políticas públicas de género en Perú? ¿Qué implica que una universidad deba suplir lo que debería ser garantía estatal?
La frase de Verónika Calderón—"trabajar en favor de las mujeres significa directa e indirectamente trabajar por las familias"—es particularmente reveladora en su lógica. La prensa extranjera la reproduce sin cuestionamiento, pero encierra una trampa conceptual: la idea de que el valor de la autonomía económica femenina reside en su capacidad de beneficiar a otros, de fortalecer familias, de generar "nuevas generaciones". No se plantea que las mujeres trabajen por sí mismas, para sí mismas, como fin en sí mismo.
Lo que la cobertura omite es igualmente significativo. No hay mención a los obstáculos estructurales que hacen que iniciativas como UNIDAS sean necesarias en primer lugar. No hay contexto sobre las brechas salariales, el acceso desigual al crédito, la violencia económica o la carga de trabajo doméstico no remunerado que sigue siendo responsabilidad casi exclusivamente femenina en Perú. El artículo presenta el empoderamiento como un proceso de "generación de capacidades" que evoluciona desde "una lógica asistencial", pero no interroga por qué esa lógica asistencial existía ni qué condiciones la perpetúan.
La prensa internacional, al cubrir historias de éxito empresarial femenino en Perú, está eligiendo una narrativa que permite sentirse optimista sobre la región sin confrontar los sistemas que generan la desigualdad. Es un encuadre que celebra la resiliencia mientras deja intactas las estructuras que la hacen necesaria. UNIDAS es, probablemente, una iniciativa valiosa. Pero presentarla como respuesta a la pregunta sobre igualdad de género en Perú es, en cierto modo, evitar la pregunta verdadera: qué falla en un país donde una universidad debe compensar la ausencia de políticas públicas de empoderamiento económico femenino.
El silencio sobre el contexto político y económico más amplio es, en última instancia, el verdadero titular. Perú sigue siendo un país de crisis institucional, de inestabilidad laboral, de informalidad económica que afecta desproporcionadamente a las mujeres. Pero hoy, la prensa internacional prefiere contar la historia de quienes logran escapar de eso mediante redes, mentorías y herramientas digitales. Es una historia reconfortante. También es, deliberadamente, incompleta.