La prensa internacional que hoy se detiene en Costa Rica lo hace desde un ángulo que revela una contradicción que el país ha estado postergando: no puede ser simultáneamente líder mundial en energías limpias y rehén de su propia matriz energética. Infobae América publica un reportaje que suena a reposicionamiento oficial, pero que en realidad documenta una fragilidad que la narrativa del liderazgo ambiental había conseguido ocultar durante años.
El punto de partida es simple y demoledor. Costa Rica genera casi toda su electricidad a partir de fuentes renovables, una cifra que ha funcionado como emblema de excelencia ambiental en los foros internacionales. Pero ese 70 por ciento que proviene de centrales hidroeléctricas no es fortaleza; es dependencia. Cuando llega El Niño, cuando la sequía golpea los embalses, el sistema se vuelve vulnerable. Eso no es noticia nueva, pero que un gobierno costarricense tenga que acelerarse ahora hacia la energía solar para "reducir la dependencia del agua" sugiere que la crisis climática ha dejado de ser una abstracción de mediano plazo y se ha convertido en una amenaza operativa inmediata.
Lo que la cobertura extranjera subraya, con una precisión que roza lo incómodo, es que Costa Rica necesita reinventarse porque su modelo de éxito se ha vuelto insostenible. No porque las energías renovables sean malas, sino porque concentrar casi toda la generación en una sola fuente —por muy limpia que sea— es exactamente lo opuesto a lo que la resiliencia climática exige. El Gobierno presenta la apuesta solar como una evolución estratégica, como una "nueva etapa" del liderazgo. Pero la prensa internacional la lee como una corrección forzada, como el reconocimiento de que el modelo anterior ya no funciona.
Hay un segundo nivel de lectura que merece atención. Infobae presenta cifras que hablan de inversiones millonarias, de plantas solares en Guanacaste, de 250 mil millones de colones movilizados hacia 2030. El tono es optimista, casi de oportunidad. Pero esa narrativa de inversión y crecimiento verde coexiste, en los titulares de la prensa extranjera sobre Costa Rica, con una realidad que no aparece en este artículo: un país que enfrenta presiones fiscales severas, que ha visto su calificación de riesgo país deteriorarse, y que ahora necesita atraer capital extranjero para resolver un problema que debería haber sido previsto hace una década.
Lo que queda sin decir es tan importante como lo que se dice. La cobertura internacional no cuestiona por qué Costa Rica llegó a este punto. No examina las decisiones de política energética de administraciones anteriores que permitieron que la dependencia hidroeléctrica se profundizara mientras otros países diversificaban sus matrices. No interroga si las inversiones anunciadas serán suficientes o si llegarán a tiempo. Simplemente documenta que el país está acelerando, como si la velocidad fuera sinónimo de solución.
Hay también una ironía que la prensa extranjera captura sin necesidad de hacerla explícita. Costa Rica se promociona globalmente como modelo de sostenibilidad ambiental, como destino de turismo ecológico, como referente en gobernanza ambiental. Pero esa imagen internacional descansa sobre una matriz energética que ahora se revela como frágil ante los mismos fenómenos climáticos que Costa Rica supuestamente lidera en combatir. El país que enseña al mundo cómo proteger la naturaleza descubre que su propia naturaleza —sus ciclos de lluvia, sus embalses, sus patrones climáticos— se ha vuelto impredecible.
Lo que el reportaje de Infobea documenta, en última instancia, es una transición que Costa Rica no eligió hacer ahora, sino que fue obligada a hacer. Y eso cambia el significado de todo lo que se presenta como estrategia de futuro. No es un plan; es una adaptación de emergencia disfrazada de visión de largo plazo.