La prensa internacional ha encontrado por fin un lugar para el Perú, y no es un lugar geográfico: es un vecindario. El País América titula hoy “Keiko Fujimori en el vecindario derechista” y describe la asunción presidencial como una reunión de condominio de la nueva derecha latinoamericana, donde las afinidades ideológicas pesan más que las diferencias históricas. No es casualidad que medios como *The New York Times* o *The Economist* hayan destacado, en los últimos meses, la influencia de figuras como Javier Milei o José Antonio Kast en el discurso político peruano, presentándolo como un giro hacia el conservadurismo radical. Incluso *Le Monde* ha subrayado cómo este alineamiento ha servido para justificar reformas económicas impopulares, como la flexibilización laboral o los recortes en subsidios, bajo el argumento de la "modernización".
Sin embargo, este encuadre ignora un detalle crucial: el Perú no es un actor pasivo en este tablero, sino un laboratorio de contradicciones. Mientras la derecha local celebra su integración a un bloque ideológico, la ciudadanía sigue resistiendo en las calles, donde las demandas por justicia social y derechos laborales no han cesado. La prensa extranjera, al reducir el debate a etiquetas políticas, pierde de vista que el verdadero conflicto en el país no es entre izquierdas y derechas, sino entre quienes defienden un modelo extractivista y quienes exigen un Estado que priorice a sus ciudadanos.