Dos titulares bastan hoy para que la mirada extranjera sobre El Salvador dibuje una elipse casi perfecta. De un lado, la imagen fotogénica de nuevos soldados que engrosan las filas del Plan Control Territorial. Del otro, la pregunta retórica que France 24 lanza como un titular: ¿el poder absoluto para Bukele? La coincidencia no es casualidad sino encuadre. La prensa internacional observa el país a través de un único lente, y ese lente está enfocado al mismo tiempo sobre el rostro del presidente y sobre la punta de un fusil.
Lo interesante de ambos titulares, vistos en conjunto, es que el primero parece responder a la inquietud del segundo antes incluso de que esta sea formulada. Infobae América ofrece una noticia de seguridad con estética de reportaje gráfico: soldados que se suman, tareas que se refuerzan, un plan que continúa. France 24, con su interrogación sobre el poder absoluto, provee la clave de lectura que convierte esa simple nota castrense en un dato más de una hipótesis mayor. Se establece así una lógica circular: toda política de seguridad es interpretada como prueba de concentración de poder, y toda concentración de poder es invocada para explicar la política de seguridad. El país desaparece bajo esa operación deductiva.
Cabe notar que ambos titulares provienen de plataformas en español. No es un detalle menor: la mirada extranjera sobre El Salvador se ejerce, cada vez más, desde los corredores de la América Latina letrada y no desde los centros anglosajones que antaño dictaban el relato. Pero el resultado es el mismo de siempre: se reduce el fenómeno salvadoreño a la figura de un hombre y sus instrumentos. No se pregunta qué significa, para un ciudadano común de Soyapango o de Santa Ana, ver más soldados en la calle; se pregunta únicamente qué significa para la arquitectura institucional del país. La ciudadanía asoma, si acaso, como telón de fondo.
El interrogante de France 24 tiene además la ventaja retórica de no exigir respuesta. Plantea la hipótesis del "poder absoluto" en forma de pregunta, con lo cual puede lanzar la acusación sin asumir la responsabilidad de sostenerla. Es un gesto de falsa imparcialidad, muy propio de la prensa que prefiere insinuar a demostrar. Y al hacerlo, omite lo que los propios titulares sugieren: que el poder de Bukele, absoluto o no, se ejerce en un país con oposición, con prensa crítica y con un electorado que ha tenido la oportunidad, por ahora, de sancionar sus políticas. Que esto sea considerado, desde afuera, un problema antes que una realidad compleja, dice más de la mirada que del país mirado.
Quizá el matiz nuevo de hoy sea precisamente ese: la prensa extranjera ya no se limita a describir resultados, sino que ha empezado a interrogarlo todo con un escepticismo que roza la caricatura. Todo incremento de seguridad es sospechoso; todo despliegue militar, amenazante. Es posible que los medios no estén interesados en entender la reducción de homicidios o la recuperación de espacios públicos, sino en confirmar una narrativa preestablecida donde la democracia se mide por el grado de hostilidad hacia un líder.